Silva de Extremo

Julen Lopetegui continúa su idilio con el acierto y, sobre todo, con la propuesta. Desde que llegó al banquillo de la selección española no ha parado de innovar con sus sistemas y planteamientos y lo de anoche contra la súper humilde Liechtenstein no fue una excepción.

Se podría comenzar hablando sobre esa defensa de tres hombres en la que los dos de fuera, Monreal y Sergio Ramos, asumieron tareas más parecidas a las de un lateral largo que a las de un central estándar. A menudo -de hecho, casi siempre-, a lo que se le llama cerrar con tres es cerrar con cinco (tres centrales y dos carrileros), pero España con este formato tiende incluso a cerrar con uno (Piqué solo). Dicho lo cual, es algo que ya se había visto y analizado.
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Quizá el detalle más determinante -siempre partiendo de la base de que la Selección no necesitaba de ninguno para golear a su débil adversario- radicó en la posición de David Silva. El centrocampista del City, uno de los futbolistas con menos energía de la alineación, fue situado como extremo izquierdo y con una libertad relativa para lo que suele ser habitual en él. Hasta cabría apuntar que estuvo bastante atado a la línea de cal. Situando a un talento tan creativo y dotado de capacidad organizativa en una zona despejada y atípica, Lopetegui perseguía girar los ejes del campo para que España buscase la claridad tocando desde allí, en vez de de frente. Ya que, al estar tan pegados el portero y la zaga locales, era imposible girar a los defensores hacia atrás, así, se lograba girarlos hacia un lado. Y de ese modo, surgieron espacios por dentro para que Isco, Iniesta, Alcántara, Morata, etc generasen con continuidad ocasiones de gol.
El otro día Lillo hablaba de esto en rueda de prensa. La banda como un punto de inicio de nuevas posibilidades y no como un punto de finalización. 
Es un concepto que Cruyff utilizaba bastante, recuerdo que vi hace poco, un Barça-Superdepor de Arsenio, donde Johan metía a los dos laterales por dentro para protegerse de los interiores coruñeses (jugaban 5-3-2) y abría a los interiores hacia fuera, Eusebio e Iván Iglesias, aprovechando los espacios que dejaba el Dépor por dentro en su intento de eliminar el juego interior. 
Otro ejemplo muy bueno fue la 1ª parte de la semifinal de Champions entre el Bayern y el Atleti en el Allianz, posiblemente los 45′ donde el equipo del Cholo se ha visto más superado desde que llegó. Pep utilizó a Lahm como extremo y Douglas Costa como interior derecho. Lahm jugó como organizador desde el costado y aquello fue un vendaval, ya que el Atleti era incapaz de llegar a tantos sitios.Encuentra camisetas y equipaciones de la Liga: Real Madrid, Barcelona, Atletico de Madrid, Valencia, Sevilla.
Puede ser medida para algo. Por supuesto, no para medir calidad, pero sí para medir versatilidad, ilusión, hambre de la convocatoria, actividad del seleccionador, etc. Y para mí, el partido de ayer evidencia salud en la Selección. Las cosas están bien. 

Hay que asumir el Error

Siempre que uno de sus porteros cometía un error decisivo en la salida de balón, Quique Setién decía lo mismo: “la culpa no es suya, es mía, porque soy yo quien les pide que arriesguen tratando de sacar el balón jugado“. La decisión del cántabro no respondía a un simple planteamiento romántico del juego. No era, evidentemente, tampoco ningún capricho. Setién quería sacar siempre el balón bien jugado porque ésta era la manera que tenía la UD Las Palmas de imponer su voluntad a la del equipo contrario. ¿Que esto conllevaba asumir ciertos riesgos? Por supuesto. Como todo modelo de juego.
Aquella UD Las Palmas, como este Betis ya va haciendo, obtenía múltiples ventajas de sacar el balón jugado desde el portero. Amén de obtener así el control del balón, del ritmo y del espacio, el equipo canario comenzaba de esta manera a crear los triángulos sobre los que luego Roque Mesa iba sosteniendo la posesión. Es decir, se ordenaba desde los primeros pases. Si además el rival buscaba robar en primera línea, la opción de castigar el atrevimiento siempre estaba a su disposición. Había que asumir que en cualquier se momento se podía fallar. Algo que no todos los colectivos están preparados emocionalmente para hacer. Pero si se asumía el error, éste no sería más que un accidente que, además, tenía un sentido.
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Un sentido mayor, que es precisamente el que le está intentando dar Juan Carlos Unzué a su Celta de Vigo. Es curioso este caso. Tan vitoreado fue uno de sus goles en pretemporada, cuando sacó el balón jugado ante presión de una forma fantástico, como criticado fue el hecho de que en la primera jornada de Liga el equipo recibiera un gol por un fallo de Sergio, su portero, cuando éste ni siquiera estaba presionado. “El portero nunca debe complicarse”, se dijo.

Obviamente a no todos los equipos les renta jugar de esta manera. Las características técnicas de sus futbolistas, incluyendo aquí a los porteros, son parte clave de cualquier modelo de juego. Setién, de hecho, eligió la UD para dar el salto porque éste parecía un equipo adecuado que le iba a permitir llevar a cabo sus ideas. Y, aunque lo era, su equipo cometió errores. Pero lo que le importaba a Quique, como a Unzúe, no era ganar ciertas batallas, sino ganar la guerra.
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Lo interesante es que, a su vez, de esta intención también surgen oportunidades para otros equipos. El CD Leganés de Asier Garitano es el vivo ejemplo de cómo construir un equipo a la medida de varias de las debilidades intrínsecas de la competición puede ser rentable. Aprovechando que la Liga no tiene 9s tan determinantes como la Premier y que, a cambio, muchos equipos asumen ciertos riesgos en salida, el Lega adelantó su defensa para construir un bloque medio-alto que tratase de sacar partido de cada error que cometiese el rival. Así se salvó el año pasado y así se ha ido ya al parón ocupando una posición de honor. Porque el fútbol siempre tiene dos caras, pero no por ello una de éstas es equivocada.

Guedes en la mente de Marcelino

Marcelino García Toral es un entrenador estricto desde el punto de vista metódico que impregna a sus equipos de un orden y una seguridad que van desde el dibujo táctico hasta las ideas que representa su libro de estilo. En Villarreal fue muy significativo su trabajo desde la defensa posicional, convertida, durante fases del campeonato en la mejor del mismo en su última temporada en el antiguo El Madrigal. Para acompañar a sus fases sin balón, el asturiano necesita de determinadas virtudes, atesoradas por sus futbolistas, que le ayudan a intimidar y a construir ataques de poca elaboración y cierto vértigo. Expuesta esta circunstancia del juego, donde quizás más destaque su último fichaje, Gonçalo Guedes, puede decirse que al Valencia le faltaba precisamente alguien así. Tienda de camisetas de las Selecciones para el Mundial 2018, de alta calidad y al mejor precio.
En lo que concierne precisamente a eso, Marcelino cuenta con Simone Zaza como principal referencia para el juego más directo. EL italiano la gana o la toca en muchas ocasiones y desde ahí puede activar las bandas en caso de que su equipo sea presionado o juegue en largo ante la ausencia de los mediocampistas más creativos. Pero junto a él, Marcelino echaba en falta un perfil que arranque y aporte profundidad cuando el balón sale en raso de la presión. Gonçalo Guedes, si bien ha estado una temporada fuera del foco en el Paris Saint-Germain, parece encajar extraordinariamente con las jugadas que uno imagina en mente para desbordar y profundizar con la movilidad que requiere un segundo punta.
Se introduce así un posible escenario teórico porque lo más potente que se le ha visto al prometedor jugador portugués, fue así, jugando por dentro y siendo punta. Es cierto que desembarcó en el Benfica como un hombre de banda, la opuesta a la de Nicolás Gaitán, pero fue con Rui Vitoria cuando el chico descubrió que con un poco más de libertad, partiendo desde el centro para activar los costados, se encuentra muy a gusto y brilla muchísimo más. Y es ahí donde se construye la ecuación Valencia – Marcelino – Guedes que puede darle a Mestalla un plus con el que nadie contaba. Un plus sin demasiado ruido que, a nivel táctico y de talento, puede tener un impacto muy importante en la temporada valencianista.
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Guedes es un jugador que crea ventajas una vez recibe. Esto es importantísimo porque el Valencia no va sobrado de ello. Su arrancada y su agilidad para cambiar de ritmo en tres cuartos complementa las bandas algo estáticas y posicionales del sistema de Marcelino. Comparte con Rodrigo la ruptura a espaldas de la zaga, también diagonales, que desahogan lo que Soler o Kondogbia suman por dentro para dominar. Donde seguramente no suponga una garantía será en materia goleadora pero repasando lo que dispone Marcelino de mediocampo hacia delante y lo que ya sabemos de sus equipos, Guedes casa realmente bien. A poco que logre adaptarse, y si lo hace más temprano que tarde, el movimiento che es de los más que interesantes.
Si se adapta pronto, Guedes puede ser una revelación.

Sangre inglesa, alma escocesa

El viaje en el tren de East Coast desde King’s Cross hasta Edimburgo transcurre lento y pastoso. El tiempo, aunque el tren sí lo haga, parece no avanzar mientras por la ventanilla se dibuja un paisaje de eternas praderas salpicadas de pintorescas granjas que se difuminan por efecto de la velocidad. Solo el paso por ciudades de cierto calibre, como Peterborough, Doncaster o York rompe con la monotonía visual y sonora del recorrido hasta las tierras del norte. Hay que dejar atrás la populosa Newcastle, mientras uno intenta atisbar a lo lejos como puede alguna referencia que le remita a St. James’ Park, para que el panorama al otro lado de los cristales cambie radicalmente. Acercarse al Border entre Inglaterra y Escocia te obliga a dejar la lectura, la bolsa de chips Walkers y todo aquello que te trajeras entre manos para tratar de hacerte el viaje más ameno y llevadero. Porque, a medida que la densidad de población de ganado ovino va incrementando, el paisaje te atrapa. El tren se acerca al Mar del Norte y comienza a bordear la costa, ofreciendo la sensación de que todo lo que está por llegar un poco más al norte es algo completamente novedoso. Berwick-upon-Tweed es el último pueblo antes de entrar en tierras escocesas… o el primero al penetrar en ellas.
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Atravesada por la frontera natural histórica que dibuja el estuario del río Tweed, río considerado geográficamente escocés que parte físicamente el casco urbano de la localidad en dos mitades, una inglesa y otra escocesa, la pintoresca Berwick ha sido siempre una población dividida. Entre los años 1296 y 1482, épocas turbulentas, el estratégico asentamiento geográfico de la ciudad propició una alternancia de poder. En poco menos de doscientos años, Berwick cambió de manos hasta en trece ocasiones y aún a día de hoy, aunque es oficialmente considerada como inglesa desde hace más de cinco siglos, mantiene a su población con el sentimiento indeciso.
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Menos indecisión pareció existir en lo que al club de fútbol de la ciudad se refiere. Fundado en el año 1884, el Berwick Rangers FC apenas tardó once años desde su nacimiento en adherirse a la federación escocesa. Admitido en 1905 en el sistema de competición escocés, jamás se ha puesto en tela de juicio la conveniencia de reconsiderar la decisión y reincoporarse, más de un siglo después, al subsuelo de la pirámide que estructura la competición en el fútbol inglés. El caso de Berwick choca radicalmente con el de Gretna, población situada sobre suelo escocés y que estuvo participando en competición inglesa hasta principios de la pasada década. En 2002, el club fue admitido en la Scottish Football League, consiguió ascender en una trayectoria mágica hasta la Scottish Premier League, y posteriormente cayó en bancarrota y desapareció.
Sin embargo, y pese a la teórica menor competitividad del fútbol escocés, el Berwick Rangers nunca ha conseguido afianzar un proyecto sólido. A lo largo del siglo XX ha tenido que hacer frente a dos o tres situaciones límite en el plano económico y financiero (la última, a mediados de la década de los noventa) que a punto estuvieron de llevar al club a su definitiva desaparición. Sin grandes logros en su palmarés, quizá su mayor éxito fuese la eliminación del poderoso Rangers (1-0), campeón de la anterior edición, en eliminatoria copera en el año 1967. Por vez primera en su historia, el club de Ibrox era eliminado en una ronda de copa por un equipo de inferior categoría. ‘Nunca en la historia del fútbol escocés ha habido un resultado comparable al de este partido y dado que el Rangers es el Rangers, traerá inevitablemente serias consecuencias y repercusiones‘, se desahogaba Glyn Edwards en las páginas del Glasgow Herald dos días después de la infame derrota en suelo inglés. Y así ocurrió. La derrota en el Sheilfield de Berwick trajo consigo la salida inmediata de varios integrantes de la plantilla del Rangers y la contratación de varios refuerzos que llevaron al equipo hasta la final de la Recopa de Europa… un triste consuelo en el año en el que el Celtic de Jock Stein consiguió alzar los cuatro títulos que disputaba (Liga, Copa, Copa de la Liga y Copa de Europa).
Viejas hazañas aparte, la realidad actual del Berwick Rangers nos presenta a un modestísimo club que, si bien saneado en lo económico, sufre lo indecible para mantener el tipo en la Scottish League Two, la cuarta categoría del fútbol escocés. El barrizal de Shielfield apenas acoge a un par de miles de espectadores por partido y nada hace vislumbrar en el horizonte que la cosa vaya a mejorar a corto o medio plazo. Y asi, ensimismado en el recuerdo de un equipo con sangre escocesa (casi la totalidad de su plantilla procede de la zona norte de la frontera) y alma inglesa, el tren se adentra en Edimburgo y detiene su marcha en el andén número 8 de la cavernosa estación de Waverley. Sin medias tintas, el acento por fin se endurece en el corazón de Princes Street. Donde ya uno no puede dudar de que por fin está pisando suelo escocés.
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Segundos colores

Veo al Real Madrid jugando de color morado y pienso que todo está en su sitio. Parmalat os manda recuerdos a todos. Como cuando vas a visitar a tu abuela y te reencuentras con tu pequeño espacio de confort, ese tapete sobre la mesa o esa cajita en la que tú sabes que ella guarda caramelos y no el rosario de pastillas que debe tomarse cada noche ejercen de túnel del tiempo hacia la feliz infancia. Todo sigue ahí. Inmutable. Intacto. Soy un nostálgico empedernido, qué se le va a hacer. Como cuando la desequilibrada mente pensante que diseña las vestimentas del FC Barcelona tiene a bien, en un ataque de lúcida responsabilidad social, restaurar el color naranja en la segunda equipación para congraciarte con tus más bonitos recuerdos. Que observas a Piqué dando órdenes vestido de anaranjado y es que estás viendo a Koeman poniéndola en la escuadra de Pagliuca. O ese color rojo en el Sevilla, descolgado desde lo alto del Arco de la Macarena hasta dejarlo caer con pasional elegancia sobre el uniforme sevillista. O el azul en el Athletic, tan bilbaíno que en Bilbao decidimos renombrar a la referencia Pantone Q020-6-4 como ‘azul Bilbao’, ahí va la hostia. Camisetas de Fútbol de las Selecciones del Mundial 2018.
Las cosas que funcionan y lo comúnmente aceptado es mejor no tocarlo demasiado.
A veces me imagino al diseñador textil de turno desesperado por hallar la fórmula mágica del éxito entre la afición. Desgañitándose, en el sentido cromático del término, a base de vestir a sus equipos con llamativos colores flúor. Esa horrible moda de vestir a los futbolistas de garrafas de anticongelante, que es como gritarle a alguien a la cara lo listo y lo bueno que eres. Como queriendo llamar la atención del populacho a base de dejar su sellito personal en un trozo de tela que debería ser eterno y sagrado y permanecer ajeno a las modas por siempre jamás.
Alguien tuvo que ser el responsable de tomar la infame decisión de equipar al Inter en tonos verdes. O de vestir a sus vecinos rossoneri de análisis de orina. Como si a los diseñadores se les hubiesen agotado las ideas y hubieran tenido que reinventar lo hasta ahora conocido. Y no hablamos ya de diseños. De una raya por aquí o de un ribete por allá. Hablamos de algo tan significativo e identificativo como los colores. Porque buceen un poco en su historia y traten de encontrar alguna relación entre el color morado y el Liverpool o entre el Ajax y el verde pistacho, entre otras atrocidades.Camisetas de fútbol de selecciones nacionales del Mundial 2018, no te pierdas!
Soy muy tradicionalista. Me gusta ver al Madrid de morado, al Valencia de naranja, al Milan de blanco o al Chelsea de amarillo. Que la dictadura del merchandising, combustible necesario para resistir el empuje de la fortísima corriente del caudaloso fútbol de más alto nivel, no superponga el margen de beneficio a la identidad y el valor de la tradición. Que con un simple vistazo puedas identificar a los equipos que juegan y no tengas que deducir por el trotecito torpón de Yaya Touré que el que viste una infame camiseta de color naranja degradado es el Manchester City. Soy consciente de que predico en el desierto, pero me van ustedes a perdonar el ataque súbito de nostalgia.
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